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B — parcialmente documentado

La Siguanaba

Guatemala
Asunción Mita, departamento de Jutiapa: el río Ostúa y las aldeas en torno al lago de Güija, que está en la frontera entre Guatemala y El Salvador; la figura se encuentra en toda Centroamérica, pero éste es el único lugar en el que una fuente da a la vez el nombre del sitio, los nombres de los informantes y las palabras citadas

La Siguanaba — la mujer que chapalea las manos en el agua del río y que, cuando el joven jinete solitario le pide que se vuelva, le muestra una cara de caballo: quien sale vivo queda jugado, y el remedio es morder el machete.

De noche en la orilla de un río guatemalteco: una mujer arrodillada junto al agua, con vestido largo y cabello larguísimo, mete las manos en la estela de la luna y le rompe el reflejo; ha vuelto la cabeza hacia atrás, y la cabeza es de caballo. A pocos pasos, en la orilla, un joven a caballo se ha detenido en seco y la mira, con la montura de hocico alto que se echa atrás. La única luz es la luna baja sobre el agua.
Variantes y nombres
Siguanaba, Sihuanaba; en Costa Rica Cegua, Zegua, Segua, Tzegua; en Nicaragua Ceguanaba. En la finca La Cantiada, cerca de Asunción Mita, la llaman también La Leona
Qué se cuenta
Lo que la define no es la aparición femenina nocturna, tipo difundido en todo Occidente: es una secuencia en tres movimientos. La mujer se ve de espaldas o inclinada sobre el agua, hermosa y de pelo largo; pide, o concede, que se la mire a la cara; y la cara es de caballo. La petición de volverse es el eje, y es lo que la separa de cualquier otra dama blanca.

El ruido que precede a la aparición es preciso: el chapaleo de las manos en el agua — chapalear las manos — en el río Ostúa, en una quebrada, en el zanjón del puente del Amatal. Las víctimas son el joven jinete solitario, el mujeriego, el borracho a altas horas — y, dato que la vulgata ignora, los niños, a los que se presenta con la forma de sus madres. Quien sale vivo queda jugado: «éste está jugado», se dice del que quedó tonto.
Para qué servíalectura del autor
Vigilar a los hombres que andan solos de noche y dar nombre a lo que vuelve estropeado. Los remedios documentados son tres, y el tercero vale por sí solo la ficha: trazar sobre ella la señal de la cruz; morder el machete, que la hace desaparecer al instante; y arrancar matas de escubilla, porque ella siente que le tiran del pelo — y lo siente, dicen los ancianos, porque cuando el diablo la creó «como ya no tenía pelo que ponerle en la cabeza» le puso escubilla en la cabeza. Remedio y etiología están dentro del mismo relato: es un nexo interno, no un collage. El consejo práctico lo da un informante: «no hay que tener miedo ni sólo valor, se deben ser las dos cosas de acuerdo».
Dónde está atestiguado
Deyvid Paul Molina (coord.), María Antonieta Cajas Castillo y Luis Felipe Gonzáles Marroquín, Tradición oral y vigencia de los mitos en el lago de Güija, Asunción Mita, Jutiapa, Universidad de San Carlos de Guatemala, Dirección General de Investigación, Escuela de Historia: p. 11 para el municipio y el departamento, p. 23 para los lugares de recolección y los nombres de los informantes, pp. 30-34 para la Siguanaba. El informe declara dar los relatos «tal y como las contaron las personas que colaboraron». Hay que decir dos límites: el documento no imprime el año — la datación en 2006 se apoya en el número de informe, INF-2006-016, no en la portada — y no da las fechas del trabajo de campo ni describe grabación o guion de entrevista.

Mainor Elizondo Morales, «Vocabulario del Cantón de San Ramón de Alajuela», Revista de Filología y Lingüística de la Universidad de Costa Rica XXII(2), 1996, pp. 143-178, entrada en la p. 151: «Cegua f. Figura legendaria que se aparece a los hombres por las noches como una mujer hermosa, pero luego su cara toma la forma de la de un caballo». Es un relevamiento por cuestionario en un cantón preciso, y la entrada no cita ninguna fuente libresca.

Carlos Mántica Abaunza, El Habla Nicaragüense y otros ensayos, San José, Asociación Libro Libre, 1989, p. 49, en el capítulo «Nombres Compuestos»: «Ceguanaba (Cihuatl, mujer y Nahualli, bruja)».

Brian Davisson, Káñina XLIX(1), 2025, pp. 1-18, p. 3 nota 4, que cita a Melgar Brizuela 2003, p. 8 — no abierto; Manuel Martínez Herrera, Wímb lu 11(2), 2016, pp. 41-58, pp. 49-51, para las variantes costarricenses y para la calavera como alternativa a la cabeza de caballo; Mónica Albizúrez Gil, Cuadernos del CILHA 34, 2021, pp. 1-25, p. 14.

Las recopilaciones folclóricas canónicas no se han abierto, y la lista está aquí para quien venga después: Miguel Ángel Espino, Mitología de Cuzcatlán, 1919; María de Baratta, Cuzcatlán típico; Celso Lara Figueroa, Leyendas populares de aparecidos y ánimas en pena en Guatemala, 1996 (ítem identificado, acceso restringido); Elías Zeledón; María de Noguera; Enrique Peña Hernández, Folklore de Nicaragua, 1968. De Francisco Gavidia no se ha encontrado ni siquiera un título verificado. Esa es la razón del grado B.
Atención
Cuatro de los rasgos más repetidos no están documentados. Los senos larguísimos: ausentes de toda fuente abierta y ausentes por verificación explícita del informe de Güija. El lavar la ropa en la pila: el río sí, la quebrada sí, el zanjón sí, la pila no. La cruz de tres palos como remedio: no documentada. El barranco como lugar de la perdición: la palabra no aparece en la fuente de campo, donde en cambio a los niños se los lleva «a lo alto de los cerros para que se precipiten» — cumbres, no barrancos. El barranco viene de la etimología k’iche’ que circula en la red sin cita alguna.

La descendencia de Cihuacóatl es una asociación erudita, y no se ha encontrado a su autor. El único etimólogo nahuatlato que se ha podido abrir no la hace: Mántica descompone Ceguanaba en cihuatl ‘mujer’ y nahualli ‘bruja’, es decir mujer-nahual y no mujer-serpiente. Y en el mismo libro, veinticinco páginas antes, Mántica nombra Cihua Coatl entre los teónimos que sobreviven en la toponimia nicaragüense — tiene a la diosa delante y no la conecta. Ese silencio vale un argumento. Aquí rige a fortiori lo que el atlas ya estableció para la Llorona: la soldadura con Cihuacóatl es una operación de lector moderno.

Ninguna atestiguación anterior a 1919. Ninguna fuente colonial, y un dato instructivo: el informe de Güija cita la Recordación Florida de Fuentes y Guzmán, pero para los sátiros del lago, no para ella. Dos comprobaciones negativas quedan en acta porque orientan a quien busque: el Muestrario de Folklore Nicaragüense de Cuadra y Pérez Estrada, 1978, no la contiene — los autores «no incluyen los espantos» —; y Sergio Cordero Monge, al espigar el Diccionario de barbarismos y provincialismos de Costa Rica de Gagini, 1892, en busca de creencias populares, no registra ni «cegua» ni «zegua», mientras que el Cadejo sí está en Gagini.

Y Tláloc no es folclore. La transformación de la mujer infiel por obra de Tláloc es la versión literaria de Espino, 1919. La tradición de campo de Güija dice otra cosa: la creadora es el diablo, y el Sipitío es «hijo de la Siguanaba con el diablo». No son el mismo relato, y el más citado es el segundo.

El grado indica cuánto está documentada la entrada, no cuánto interesa. Cómo se asignan los grados.

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